¿Qué construir?
Me está pasando algo bastante divertido y un poco incómodo: cada vez puedo construir más cosas, y no necesariamente tengo más claro cuál quiero construir.
Aparece una idea, la exploro, empiezo a entender cómo podría funcionar. En el camino encuentro otra posibilidad. Y otra. Lo que parecía un proyecto bastante acotado empieza a tener ramificaciones, algunas más interesantes que la idea original.
Tengo que elegir por dónde seguir.
Las herramientas de IA tienen mucho que ver con esto. El conocimiento está disponible y ahora tengo con qué interrogarlo, desarmarlo y empezar a aplicarlo. Puedo entrar en un tema que conozco poco, hacer las preguntas más básicas sin pasar vergüenza y, al rato, estar probando algo.
Ese paso entre la curiosidad y la primera prueba se volvió cortísimo. Me encanta. También me deja frente a una pregunta para la que no encuentro un botón tan cómodo: entre todo lo que puedo hacer, ¿a qué le quiero dedicar tiempo en serio?
Cuando pienso en crear un producto de software, se me mezclan varias ganas.
Quiero que sea útil. Quiero disfrutar construyéndolo. Me gustaría que se convierta en un negocio. Y me interesa que tenga suficiente recorrido como para seguir profundizando, para que la primera versión sea el comienzo de algo.
Paso mucho tiempo intentando encontrar una idea que se banque todo eso. Entender qué necesidad atiende, a quién le importa, qué alternativas tiene esa persona y por qué elegiría lo que yo estoy haciendo.
Ahí siento que se pone interesante el trabajo. La capacidad técnica sigue importando, pero cada vez tengo más herramientas para avanzar sobre ella. En cambio, interpretar una necesidad, elegir un segmento y reconocer dónde hay valor me exige otro tipo de atención.
La IA puede ayudarme a investigar, discutir y ordenar posibilidades. Pero la decisión de apostar por una me sigue quedando a mí. Tengo que confiar lo suficiente en mi intuición como para dedicarle meses, sin tener todavía demasiadas pruebas de que estoy mirando en la dirección correcta.
Además, estoy tratando de entender qué forma debería tener un producto en un mercado donde las herramientas mejoran todo el tiempo.
Una función que hoy requiere desarrollar una solución específica puede venir incorporada mañana en un modelo de uso general. Eso cambia las posibilidades del producto y lo que alguien estaría dispuesto a pagar por él.
Me interesa pensar esa condición desde el comienzo. Si las capacidades disponibles van a seguir creciendo, ¿dónde conviene construir? ¿Qué puedo aprovechar de ellas? ¿Qué tendría que aportar yo para que el producto conserve su valor a medida que esas capacidades se vuelvan más comunes?
Ahí aparece una pregunta que me tiene bastante entretenido: ¿hasta qué profundidad técnica vale la pena llegar?
Mi primera intuición es que un software más especializado, que conozca mejor un problema y resuelva más partes de él, debería tener más recorrido. Pero enseguida me tengo que corregir un poco. Puedo hacer algo técnicamente complicadísimo que no le cambie la vida a nadie.
Sería una pena. Y bastante trabajo.
La cantidad de código no parece una medida muy confiable del valor. Tampoco la cantidad de cosas que hace un producto. Podría pasar meses agregando funciones y seguir sin resolver bien lo que realmente importa.
Entonces empiezo a pensar la profundidad de otra manera: cuánto entiende el software del trabajo para el que fue creado. Si contempla las situaciones que aparecen en la práctica. Si sus resultados sirven para tomar una decisión o hacer algo después. Si se acomoda a la forma en que alguien trabaja, sin exigirle que reorganice su vida para usarlo.
Quizás esa profundidad termine requiriendo mucha sofisticación técnica. Quizás algunas partes sean sorprendentemente simples. Me interesa descubrir dónde está la dificultad que vale la pena resolver.
También está la pregunta de cómo monetizarlo.
Pero antes de decidir cómo cobrar, necesito entender qué estaría comprando alguien. Cuánto le sirve, con qué frecuencia, qué esfuerzo le evita, qué le permite hacer que antes no podía.
Me cuesta separar esa conversación del diseño del producto. Si el valor aparece una sola vez, eso debería influir en la forma de ofrecerlo. Si acompaña un trabajo todos los días, la relación es otra. Y si cada cliente necesita una adaptación importante, quizás también tenga que revisar qué clase de negocio estoy imaginando.
Son preguntas que me dan ganas de explorar. Me gusta que construir software me lleve a pensar en todas estas otras cosas: hábitos, necesidades, decisiones, plata. Aunque no todas tengan una respuesta clara o una única respuesta.
Últimamente encontré una manera bastante agradable de avanzar en medio de todo esto: solucionar un problema mío.
Tengo acceso al usuario: el soñador, quien les escribe.
Sé qué quiero hacer, dónde me trabo y qué me resulta incómodo. Puedo probar una solución y enterarme rápido de si sirve. Sobre todo, tengo ganas de volver al proyecto porque me interesa usar lo que estoy construyendo.
Eso le da otra energía al proceso.
Puedo profundizar sin tener que justificar comercialmente cada desvío. Seguir una curiosidad, probar algo que quizás no quede, descubrir que la parte interesante estaba un poco más allá de donde había empezado.
No doy por hecho que, porque me sirva a mí, vaya a tener mercado. Esa sería otra pregunta para explorar. Pero mientras tanto hay una necesidad real, alguien usando el producto y un motivo para mejorarlo.
Quizás termine siendo algo monetizable. Quizás quede como una herramienta propia. Me gusta que las dos posibilidades permitan que el proyecto valga la pena.
Otra de las ramificaciones que me llama la atención es el hardware.
La posibilidad de combinar software con algo que se mueva o actúe sobre el mundo físico me abre un montón de preguntas nuevas. Veo tareas automatizables y me dan ganas de entender qué haría falta para resolverlas. Hasta dónde llega el software, qué componentes se necesitan, cómo se conectan las partes.
Además, ahí el avance de la IA puede ir habilitando usos nuevos para un objeto. Me resulta muy atractivo pensar en un producto físico cuyas capacidades puedan seguir creciendo mediante el software.
Después miro un poco más y aparecen los materiales, las piezas, los prototipos, los proveedores. La necesidad de invertir capital se vuelve real bastante rápido. Ya no alcanza con sentarme unas horas frente a la computadora y probar otra versión.
Hay que comprar cosas. Esperar que lleguen. Descubrir que faltaba otra cosa.
Es un mundo bastante desconocido para mí y no quiero romantizarlo. Pero me atrae explorarlo. Hay algo en esa combinación de programación y materia que me da mucha curiosidad. Poder mejorar una lógica y ver que, del otro lado, algo físico hace mejor su trabajo.
Entiendo perfectamente que después haya que ocuparse de fabricar, entregar y mantener ese objeto. Por ahora estoy en la etapa de querer saber cómo funciona. Me voy a permitir disfrutarla un rato.
Por momentos siento que está todo hecho, al menos así parece desde mi escritorio. Después salgo al mundo y veo que hay mucha oportunidad de aplicación. Muchas soluciones simples que se podrían implementar.
Esa diferencia me deja pensando.
En la pantalla veo productos terminados, lanzamientos, herramientas que hacen cada vez más cosas. Afuera veo trabajos que siguen siendo engorrosos, necesidades que no encontraron una solución cómoda y gente que tiene otras preocupaciones más urgentes o más importantes que aprender a usar el último modelo.
Entre esas dos escenas debería haber mucha oportunidad.
No tengo del todo claro qué forma va a tomar lo próximo. Software, hardware, alguna mezcla. Sueño con que sea útil y genere impacto real en la vida de las personas. También quiero conservar esa parte del proceso en la que una pregunta te lleva a otra y terminás aprendiendo algo que no habías ido a buscar.
Por ahora estoy resolviendo algo que me interesa. Ya aparecieron un par de ramificaciones.
Voy a seguir explorando.